uerÉl que tenía buena memoria sabría lo que quedó pendiente cinco años atrás pero lo que es yo, como no sea algo que me llame la atención, no suelo acordarme ni de lo que pensé nada más levantarme de la cama.
Iba una servidora caminito de su destino y mirando a derechas e izquierdas indistintamente cuando una nueva tienda le llamó la atención: se le veía transparente, cristales atrayentes y de color rosa fosforito fuertarrón. Una carnicería de ese color y no quedaba mal, no. Su nombre J. Bermúdez. Mira que bien, yo conocía a alguien con ese apellido y esa inicial. Los ojos ya directamente sobre el nuevo objetivo y mirada de sorpresa cuando ve que la dueña propietaria es efectivamente su compañera de clase. Han pasado veintidos años desde la última vez que la ví y ahora parece una señora... madre mía, pero cómo puede ser? Cómo cambiamos tanto? Y no, no es que estuviera ni peor ni mejor, algún kilo de más pero pinta de señora...
Ahí que seguí caminando pensando en ella. Las preguntas una tras otra. Cuál ha sido su vida para llegar a este punto? Una carnicería? Bueno ni de casualidad lo podría haber llegado a imaginar. Recuerdo que le encantaba la música, su conservatorio que no se lo quitara nadie; su acordeón siempre en su mente y sus manos, ella y otra amiga eran las únicas que siguieron tocando la flauta en el colegio cuando ya podíamos elegir entre el órgano ó la guitarra. La vida y sus historias, la historia de la vida de las personas.
Se llamaba, se llama... jolín, sé que era un nombre un poco diferente, que jamás había escuchado antes (claro, con siete años andaba yo pensando en nombres...) pero lo tengo en la punta de la lengua: Ju... Ju.... julen? que no, leches, que es nombre de tía. Al cabo de dos horas me acordé: Juncal!!
A la vuelta del paseo me crucé con otra del pasado: mismo colegio, un par de años más joven, un poco menos rubia e igual de tonta pija que cuando era pequeña. Y es que hay personas que no cambian y esa familia es de las que no cambia pues su hermana mayor, dos años más que yo, era el espejo donde se retrataba la otra: con dieciocho años, pintada como una puerta, rubia más tonta si cabe y creyéndose el fin del mundo. El único que se salvaba era el hermano, el primogénito de los tres, con el que practicaba judo y era majo... hasta que volví al gimnasio y me encontré a un cuerpo tipo "machito de esteroides" con treinta kilos más de músculo y un cerebro en consonancia con su nueva apostura.
La mañana daba para la reflexión a base de bien. Lo último que me sucedió fue que andando de frente me dí visualmente con una de las dueñas de la floristeria que tengo bien cerca: vale, ya te he mirado, ya me has mirado; ya sabemos de qué pie cojeamos en este mundo. Sigo caminando y la otra no se le ocurre otra cosa que agacharse a dejar uno de los tiestos en la puerta de la tienda, mostrándome así que bajo sus vaqueros ajustados lleva un tanga color rosa palo que le queda muy bien. Anda que...ya te vale, podías haber esperado a que pasara yo, no? Te lo perdono porque eras tú y no tu socia/pareja que esa ni es de mi tipo ni nada de nada...jajajaj
Iba una servidora caminito de su destino y mirando a derechas e izquierdas indistintamente cuando una nueva tienda le llamó la atención: se le veía transparente, cristales atrayentes y de color rosa fosforito fuertarrón. Una carnicería de ese color y no quedaba mal, no. Su nombre J. Bermúdez. Mira que bien, yo conocía a alguien con ese apellido y esa inicial. Los ojos ya directamente sobre el nuevo objetivo y mirada de sorpresa cuando ve que la dueña propietaria es efectivamente su compañera de clase. Han pasado veintidos años desde la última vez que la ví y ahora parece una señora... madre mía, pero cómo puede ser? Cómo cambiamos tanto? Y no, no es que estuviera ni peor ni mejor, algún kilo de más pero pinta de señora...
Ahí que seguí caminando pensando en ella. Las preguntas una tras otra. Cuál ha sido su vida para llegar a este punto? Una carnicería? Bueno ni de casualidad lo podría haber llegado a imaginar. Recuerdo que le encantaba la música, su conservatorio que no se lo quitara nadie; su acordeón siempre en su mente y sus manos, ella y otra amiga eran las únicas que siguieron tocando la flauta en el colegio cuando ya podíamos elegir entre el órgano ó la guitarra. La vida y sus historias, la historia de la vida de las personas.
Se llamaba, se llama... jolín, sé que era un nombre un poco diferente, que jamás había escuchado antes (claro, con siete años andaba yo pensando en nombres...) pero lo tengo en la punta de la lengua: Ju... Ju.... julen? que no, leches, que es nombre de tía. Al cabo de dos horas me acordé: Juncal!!
A la vuelta del paseo me crucé con otra del pasado: mismo colegio, un par de años más joven, un poco menos rubia e igual de tonta pija que cuando era pequeña. Y es que hay personas que no cambian y esa familia es de las que no cambia pues su hermana mayor, dos años más que yo, era el espejo donde se retrataba la otra: con dieciocho años, pintada como una puerta, rubia más tonta si cabe y creyéndose el fin del mundo. El único que se salvaba era el hermano, el primogénito de los tres, con el que practicaba judo y era majo... hasta que volví al gimnasio y me encontré a un cuerpo tipo "machito de esteroides" con treinta kilos más de músculo y un cerebro en consonancia con su nueva apostura.
La mañana daba para la reflexión a base de bien. Lo último que me sucedió fue que andando de frente me dí visualmente con una de las dueñas de la floristeria que tengo bien cerca: vale, ya te he mirado, ya me has mirado; ya sabemos de qué pie cojeamos en este mundo. Sigo caminando y la otra no se le ocurre otra cosa que agacharse a dejar uno de los tiestos en la puerta de la tienda, mostrándome así que bajo sus vaqueros ajustados lleva un tanga color rosa palo que le queda muy bien. Anda que...ya te vale, podías haber esperado a que pasara yo, no? Te lo perdono porque eras tú y no tu socia/pareja que esa ni es de mi tipo ni nada de nada...jajajaj